-Pare a un lado por favor. Documentación.
-Es extranjera…
-Ahh -mirada de curiosidad- bueno… siga.
El ricksaw driver se libró así de uno de los muchos controles militares de las calles de Colombo. Yo podía haber llevado un cargamento de munición que no hubiera pasado nada. En Sri Lanka la mayoría de las veces son sólo los locales quienes se ven sometidos a los interminables controles de seguridad. Hay uno en cada esquina y aproximadamente cada cinco kilómetros en las carreteras y en todos los edificios públicos. Una medida de previsión contra posibles ataques del ejército de los Tigres Tamiles. Aún así, se sufren atentados semanales.
El traje color arena de los militares se alterna con el anaranjado de la túnica de los monjes budistas y con las decenas de estatuas de Buda que pueblan la ciudad. Buda sentado. Buda recostado. Un altar con un pequeño buda…
Para los esrinlanqueses Colombo es un caos. Sucio, caliente y colapsado por el tráfico. Una ciudad sin un centro aparente en la que se puede encontrar un precioso restaurante de Rice & Curry en la calle más insospechada. La capital de la isla está llena de contrastes. Los barrios de mansiones de arquitectura colonial se intercalan de pequeños lugares de casas más modestas y ya construidas a la manera de Sri Lanka. Muchas sólo tienen pintado un lado de la fachada. El que se ve.
Colombo está completamente invadida por los ricksaw. Allí, como en el sur de India, se llaman Tuk Tuk. Cogerlos puede ser una buena solución para moverse cuando las calles están cortadas o cuando el tráfico es atroz.
Radna, sin embargo, una esrilanquesa que trabaja para una ONG europea me había advertido contra los conductores de Tuk Tuk. “No los utilices. Coge sólo taxis. ¡Y con taxímetro!”, me dijo muy muy asustada. Yo intenté hacerle comprender que después de un mes viajando por India no creía que los ricksaw de Sri Lanka fueran mucho peores. “Pero ¡Eres una mujer!”, me contestó. En ese momento, la verdad es que no sabía a qué se refería.
Cuando llevaba cinco minutos montada en el primer Tuk Tuk lo entendí. “¿Está casada?”. Primera pregunta del conductor. Hasta ahí todo normal. Es una cuestión que se está revelando bastante común en estos países. “¿Quiere que vayamos a beber o a comer algo? Pago yo, no hay problema. Luego puedo enseñarle la ciudad”, suelta con una sonrisa. El chico parecía bastante normal a primera vista. Tras la invitación, intentó explicarme que a las extranjeras les encantan los hombres de Sri Lanka. “Los más guapos de toda Asia”, aseguró orgulloso. Tras intentarle hacer comprender sin éxito que no, que sólo quería que me llevara a los Cinamon Gardens, me bajé del ricksaw.
Otro Tuk Tuk. Misma escena. “Pero a las mujeres inglesas les encantan los hombres de Sri Lanka”, dice el segundo conductor. “Piel oscura…”, argumenta señalándose el brazo y sonriendo. Debía tener unos cincuenta años. En diez minutos me contó su vida. Musulmán, casado, tres hijas,. Había trabajado en Arabia Saudí de chófer para una empresa estadounidense. “¿Qué sucede? ¿Es que las españolas sólo tenéis sexo con vuestro marido?”, me preguntó después. Yo no daba crédito. El ricksaw driver no paraba de decir divertido: “¿Soy malo?, Jajaja. Soy malo…”. Vuelta a bajar.
Tres Tuk Tuk y algún control después conseguí llegar a los Cinamon Gardens. Quería ver la Universidad de Colombo. Imposible. Cerrada excepto para los alumnos y profesores por motivos de seguridad.